viernes, 23 de junio de 2017

LA HORA SANTA: En la vida de Santa Gema Galgani – Último cuarto de hora.




ÚLTIMO CUARTO DE HORA

Lágrimas de Jesús  y sus frutos


   Mi Jesús ha pronunciado ya el gran fiat hágase; pero el inmenso esfuerzo de este hágase le hace caer de nuevo en tierra, agonizante bajo el enorme peso que ha tomado sobre sí. Por una parte, le urge la Justicia divina, que le mira como víctima universal en la cual se aúnan todas las culpas y todas las penas; por otra, el infinito deseo que tiene de cumplir la gran misión de Redentor del mundo, y que le anticipa aquel doloroso bautismo de sangre tan ardientemente deseado.

   ¡Ah!, el buen Jesús puede ya considerarse como el trigo escogido triturado en el molino, o como el racimo de uva exprimido en el lagar. En efecto: a causa del inmenso dolor que le oprime el corazón, comienza a brotar sangre de todos sus miembros, y se derrama en tal abundancia, que corre hasta la tierra. ¡Oh, cuanto ha costado a Jesús aquel grande hágase! ¡Cuánto ha sufrido a consecuencia de haber salido fiador por nuestras deudas! ¡Qué vergüenza para mí que rehuso el más ligero sacrificio, aun viendo a mi Dios que espontáneamente se constituyó víctima por mi amor! Fué ofrecido en sacrificio porque El mismo lo quiso.

   ¿Y por qué, ¡oh dulcísimo Jesús!, porqué consumiros asi entre indecibles dolores, Vos que con una sola plegaria, con un suspiro, con un latido de vuestro corazón podíais haber salvado el mundo? Un profeta había dicho que la redención de Jesús seria copiosa, y verdaderamente lo es, pues no sólo nos libra de la muerte eterna, sino que, borrando nuestra ignominia, nos devuelve el honor de inocentes, justos y santos. ¡Sólo un Dios podía ejecutar obra tan grandiosa!

   Pero Jesús aún no está, satisfecho: su incomparable amor desea por medio de sus dolores poner en nuestras manos, como cosa absolutamente nuestra, el tesoro de sus méritos, con el cual podamos obtener del Altísimo todos los bienes.

   ¿Qué más podíamos desear? Hay sin embargo, otros bienes tan grandes, que jamás los habríamos osado pedir, ni aun imaginado que, atendida nuestra bajeza, nos fuera dado poseer. Pero la infinita caridad de nuestro dulce Redentor, con la voz de su sangre y con los gemidos de su corazón agonizante, impetra del Padre la suprema gracia de que el hombre sea elevado hasta la unión con la Divinidad por medio de la sagrada Eucaristía, instituida por él esta misma noche. Y como si ni aun eso bastase a su caridad inagotable, desea que su Espíritu, el Paráclito divino, sea infundido y more para siempre en nuestras almas. Yo rogaré al Padre había dicho aquella misma noche a sus discípulos— y Él os dará el Consolador. Pues, bien: aquí en Getsemaní, agonizando y sudando sangre, cumple esta promesa, mereciéndonos la infusión del Paráclito divino, y encumbrando así al hombre al supremo grado de la felicidad, de la gracia y de la gloria.

   Ya Jesús lo ha consumado todo; ya no le queda más que hacer por nosotros; poro tiene todavía un deseo. Recuerda la promesa de su Padre: Pídeme, y te daré en herencia todas las naciones. Alzando al cielo la frente empapada de sudor, pide al Padre que, de en medio de las naciones, que le han sido prometidas en herencia, le sea dado reunir un grupo de almas elegidas que sean las predilectas de su corazón, las discípulos fieles que copiarán sus divinos ejemplos, y en las cuales derramará la abundancia de sus gracias, merecidas con tantas penas. Dadme almas, y reservaos todo lo demás.

   ¡Oh Padre mío!, dadme almas, y tomad todo lo demás; hasta mi propia vida, que será sacrificada en el patíbulo de la cruz por ellas. Dadme almas. y entro tantas almas Jesús elige ahora la tuya, la desea, la pide con ardientes gemidos a su Padre celestial, y por ella en particular ofrece el entero sacrificio de sí mismo y el exceso de sus  dolores. ¡Oh, alma mía, cuan tiernamente amada eres de aquel Dios que sudando sangre te elige, te desea y te abraza coma u su queridísima esposa!

   Asi como dentro de poco dirá Jesús desde lo alto de la cruz a su Madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo, y le encomendará en la persona de San Juan a todos los redimidos, asi también en Getsemaní se vuelve al Padre, y exclama: He aquí a vuestros hijos. Yo vuestro Hijo por naturaleza, he descendido hasta la bajeza del pecador, fin de que este sea elevado hasta la altísima dignidad de hijo vuestro por la gracia. Para mí, ¡oh Padre!, las penas: para el pecador, el perdón y la paz; para mí, la muerte; para él, la vida; para mí, el abandono; para él, la perfecta, la bienaventurada, la eterna unión con Vos... He aquí a vuestros hijos..., abrazadlos; mi sangre los ha embellecido, purificado y hecho dignos de Vos. Padre, yo deseo (Jesús nunca había dicho deseo, pero ahora lo dice), yo deseo que las almas que me habéis dado sea una misma cosa con nosotros, como yo soy uno con Vos. Acordaos, ¡oh Padre mío!, que he descendido hasta hacerme hombre, a fin de que el hombre, encumbrado hasta Dios, reine en vuestra gloria por toda la eternidad. Tales son los incomprensibles misterios de amor que se operan en el corazón de un Dios que suda sangre por el hombre. Tales los incomparables frutos de la sangre de Jesús...

   El silencio, la admiración, el amor generoso son, ¡oh alma redimida, esposa, querida de un Dios humanado!, el único retorno que puedes ofrecer a aquel amor grande, santo e infinito, que se inmola por ti sin reservas. (Pausa.)

AFECTOS

   Padre Santo, con el corazón penetrado del más vivo reconocimiento, os doy gracias, en nombre de todos los hombres, por habernos dado un Redentor tan bueno y generoso, en quien con infinitas ventajas hemos reconquistado los bienes perdidos por la culpa original. Os ofrezco por todos los redimidos la sangre que él tan generosamente ha derramado, y os ruego hagáis que los frutos de la Redención sean tan copiosos como la misma Redención, y que por toda la eternidad sea el buen Jesús alabado, bendecido y amado por todos los hijos de Adán.

   Padrenuestro, Aventarla y Gloria.

   Padre Santo, os ofrezco la preciosa sangre de Jesús para impetrar de vuestra misericordia la exaltación y el incremento de la santa Iglesia católica, la conversión de los infieles, herejes y pecadores; la perseverancia de los justos y la libertad de las almas del Purgatorio. Os la ofrezco por mis superiores y por todos aquellos que me son queridos. Finalmente, os la ofrezco por la santificación de mi alma y para obtener la gracia de (exprésese la gracia particular que se desea alcanzar).

   Padrenuestro, Aventaría y Gloria.

   Padre Santo, qué habéis amado al mundo hasta darle vuestro unigénito Hijo para que fuese sacrificado entre indecibles dolores haced que el mundo ame también a Jesús, le sea reconocido, le bendiga y ensalce; haced que las almas le estén unidas y le sean perfecta y constantemente fieles. Esta gracia la pido igualmente por mi pobre alma. Padre Santo., os ofrezco los gemidos, las plegarias, la agonía y sudor de sangre de Jesús en Getsemaní, a fin de que os dignéis conservar vivísima en el corazón de todos los cristianos la devoción a los sacrosantos misterios de la Redención, y aquel sincero y generoso espíritu de sacrificio que hace a las almas semejantes a Jesucristo.

Padre nuestro, Avemaria y Gloria.

Sangre preciosa que vierte
de su puro corazón,
para borrar nuestras culpas
quien nos da la salvación.

Yo te amo y le adoro; tú eres
del alma el único bien;
la esperanza que me alienta
para alcanzar el edén.

Tú la sentencia de muerte
borras de la humanidad;
tú eres cifra verdadera
de toda felicidad.

El cielo por ti de nuevo
abre sus puertas de luz,
¡oh sangre, sangre preciosa,
del dulce, amante Jesús!


CONCLUSIÓN.

   Dirige una última mirada a tu Jesús, ¡oh alma, hija de su amor y de sus dolores! Las prolongadas horas do agonía en Getsemaní han transcurrido ya para seguir en ellas la serie interminable de tormentos que habrán de culminar en las tres horas do agonía sobre  el patíbulo de la cruz. He aquí a Judas que viene a entregar a su Maestro..., ¡y Jesús, le sale al encuentro como manso cordero! ¡Oh Jesús mío!, ¿y habré de veros entre los brazos de ese traidor? ¡Ah no! Venid a los míos; reposad sobre mi corazón, buen Jesús que ya no quiero ofenderos más, sino amaros para siempre. Amén.


(Hágase aquí la comunión espiritual.)


“LA HORA SANTA DE SANTA GEMA GALGANI”







LA HORA SANTA: En la vida de Santa Gema Galgani – Tercer cuarto de hora




“TERCER CUARTO DE HORA”

El gran “Fiat”

   Contempla, alma redimida a tu divino Salvador que, traspasado el corazón por el dolor de las ingratitudes humanas, ha caído agonizante sobre la dura tierra del Getsemaní. Está solo, abandonado, sin una mano que le sostenga, Aquél que jamás rehusó tender su mano al débil y al atribulado; Aquél qué ofreció como lugar de reposo su mismo divino pecho al discípulo que, fatigado, reclinó su cabeza sobre el divino corazón... Alma fiel ha llegado el momento dé ofrecer al apenado Jesús una correspondencia al amor que te ha manifestado en el Huerto. ¿Qué hubieras hecho si en la noche de la Pasión te hubieras encontrado en Getsemaní al lado de Jesús agonizante?...

    Afligidísimo Redentor mío, yo deseo levantaros de la tierra donde estáis postrado..., ofreceros mi corazón para que sirva de sostén a vuestra cabeza que se inclina..., deciros una palabra de consuelo. ¡Dulcísimo Salvador mío! Os amo os amo, os amo. Quiero buscaros amor; quiero procuraros amor; quiero que todos os amen... Quiero sacrificar la misma vida, por haceros amar. Sí; para que seáis amado, amado siempre, amados de todos vuestros redimidos.

   Os he dicho, buen Jesús, que sacrificarla gustoso mi vida por haceros amar, que por Vos estaría dispuesto a los mayores sacrificios. Mas, ¡ay!, cuando sufro una leve contradicción, una ligera humillación, un rechazo, un reproche, una descortesía..., ¿la soporto? ¿Amo de veras el sacrificio? ¿Gozo en poder presentaros la ofrenda de una pasión mortificada?... ¡Dulce Jesús, me avergüenzo de responderos!... Pero aquí, junto a Vos, en la escuela del dolor y del amor, quiero aprender a mortificarme, a sacrificarme en todo por vuestro amor.

   Entretanto, corren lentamente para Jesús las horas de su mortal agonía... Él, Dios de cielos y tierra, desfallece tendido en el polvo, y no hay un corazón compasivo que se preocupe de Él. Pero, ¿y los discípulos, qué hacen? ¡Duermen! ¡Ah!, Jesús en la noche de su Pasión debía sufrir todos los dolores, hasta la pena del abandono de aquellos que le eran más queridos; y ¡cuán amargo fué este dolor a su corazón! En aquella hora Jesús aceptó este padecimiento; en cierto modo lo quiso; pero ahora no lo quiere así. Por el contrario, ansia que sus redimidos, en torno, velen como Él veló y mediten su Pasión. Pero, ¡ay!, en ves de hacerlo, la mayor parte duermen el sueño de la ingratitud, dejando en el olvido a aquél que les ama y colma de beneficios. ¡Oh, exceso dé ingratitud y dureza! Buen Jesús, no sois conocido; si os conociésemos, pensaríamos siempre en Vos, y nuestros corazones no palpitarían sino por Vos.

   Mientras el Redentor gime agonizando postrado en tierra, he aquí que un ángel viene del cielo a confortarle. Con humildad de hijo obediente, Jesús acoge al mensajero de su Padre celestial, dispuesto a someterse a sus divinos mandatos. El ángel ha sido enviado para confortar a Jesús, no para consolarle ni aligerar sus penas o alejar de É1 aquel amarguísimo cáliz de la Pasión. El ángel anima a Jesús a sostener la descomunal batalla pronta a desencadenarse, y a recibir con fortaleza todos los golpes que el cielo, el mundo y el infierno descargarán sobre su adorable persona. El cielo, porque la eterna justicia del Padre castigará en Él todas las iniquidades de la humanidad; el mundo, porque no pudiendo sufrir la santidad del Hijo de Dios, le prepara el patíbulo; el infierno, porque, aborreciendo al Santo de los santos, excita la crueldad de los enemigos de Jesús, para que más y más despiadadamente le torturen. En fin, el ángel le exhorta a beber basta la última gota del cáliz abominable de las iniquidades humanas, a hacerse por nosotros objeto de maldición y a sobrellevar todo el peso de la divina venganza...

   Entretanto, la Justicia y la Misericordia, aguardan el fiat de Jesús, con el cual se reconciliarán para siempre. Lo aguarda el cielo, para poblarse de santos; le aguarda la tierra, para contemplar borrada por la sangre del divino Redentor la sentencia de maldición merecida por el primer pecado; la aguardan los justos, prisioneros en el seno de Abraham para volar al eterno abrazo con su Criador; lo aguardan los míseros mortales, para volver a ser llamados hijos de Dios, y contemplar abiertas las puertas del cielo. Pero, ¡ay!, qué terrible esfuerzo cuesta este fiat a Jesús. El inocentísimo, el santo, el inmaculado, tiene que tomar la figura de pecador, hacerse reo y cargar con nuestras iniquidades. Esto aflige sobremanera a su corazón obligándole a repetir: Padre mío, si es posible, ahórrame de beber este cáliz.

   Pero al mismo tiempo ve que nuestras almas serán eternamente condenadas si él no consiente en hacerse reo de nuestros pecados, en recibir sobre si los azotes de la divina justicia y en lavar con su sangre todas nuestras maldades. Entonces, con un potentísimo esfuerzo de su heroico amor, pronuncia Jesús el gran FIAT, hágase, consintiendo en cargar sobre sí nuestros delitos, y cual si fuera verdadero culpable, acepta por ellos los más terribles castigos. Por eso dice hágase: a las espinas, para expiar nuestros malos pensamientos; a los azotes, para castigar en su inocente carne nuestros pecados de sensualidad; a los insultos, a las salivas, a las bofetadas, para expiar nuestro orgullo; a la hiel y vinagre, para satisfacer por nuestros innumerables pecados de palabra y gula; a la cruz y a los clavos, para reparar nuestra desobediencia; a aquellas tres horas de horribles tormentos sobre la cruz, para sanar todas nuestras llagas, remediar todos nuestros males; a la muerte, en fin para darnos la eterna vida.

   ¡Oh precioso “hágase”, que regocija a los cielos, salva a la tierra y abate al infierno! Hágase que rompo tantas cadenas y enjuga tantas lágrimas. Gracias, ¡oh buen Jesús!, por este hágase tan generoso. Por él os bendigo y os doy gracias en nombre de todas las criaturas. (Pausa.)

AFECTOS.

   Padre Santo, en reparación de nuestra rebeldía y desobediencias, quisisteis ser honrado con aquel generoso hágase de Jesús en Getsemaní: yo os ofrezco aquel hágase en expiación de todas las ofensas que ha recibido vuestra adorable Majestad por mi obstinación y dureza de voluntad, suplicándoos me concedáis, por los méritos de aquel mismo hágase, perfecta docilidad y obediencia.

   Padrenuestro. Avemaria y Gloria.

   Padre Santo, por aquella gloria que os procuró el generoso hágase de Jesús en Getsemaní, os suplico me perdonéis todas mis rebeldías y desobediencias, concediéndome la gracia de vivir siempre sometido a vuestra voluntad y de mis superiores por amor vuestro.

Padrenuestro, Aventaría y Gloria.

   Padre Santo, por aquel generoso esfuerzo y por la amargura que costó a Jesús el hágase de Getsemaní, os suplico nos concedáis a mí, a todas las almas consagradas a Vos y a todos los cristianos, el espíritu de santa fortaleza y constancia, unido a aquella generosidad que afronta con alegría todos los sacrificios por vuestra gloria.

   Padrenuestro, Averiaría y Gloría.

Pronuncia el labio divino
el fiat de vida y luz;
pero, ¡ay!, qué caro le cuesta
al amoroso Jesús.

Le cuesta todo un diluvio
de injurias del mundo cruel:
consumir hasta las heces
el cáliz de amarga hiel.

Le cuesta sangre copiosa
de todas sus venas dar,
hasta morir por nosotros
de su dolor en el mar.



“LA HORA SANTA DE SANTA GEMA GALGANI”

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. (Primer viernes después de la octava de Corpus)




   Es sin duda una singularísima merced de Dios, la que en estos últimos siglos ha hecho a los hombres, inspirándoles por medio de Santa Margarita María de Alacoque la devoción suavísima al sagrado Corazón de Jesucristo, Señor nuestro. Al aparecerse el Redentor divino en la figura más hermosa y atractiva que pudo concebir su bondad, ha querido recordarnos que, a pesar del olvido e ingratitud de los hombres, amaba con aquella misma infinita caridad con que se sacrificó por todo el linaje humano en el ara de la santa cruz.

   ¿qué significa la corona de espinas que trae hincada en el corazón, sino que tiene amor para sufrir de nuevo, si fuera preciso, aquellos mismos tormentos que padeció por nosotros en los días de su pasión sacratísima? ¿Qué nos dice esa grande herida de su corazón, y la sangre que de ella gotea, sino que por nuestro amor la derramaría de nuevo, si fuese necesario hasta la última gota? ¿Qué nos enseña con esa cruz que, como árbol de vida, brota de su Corazón divino, sino que quisiera padecer nueva cruz y nueva muerte si aún fuese menester para redimirnos y darnos la eterna vida? ¿Y qué son esas llamas que brotan de su Corazón divino, sino ardentísimas lenguas de fuego, que predican amor, para encender de nuevo los corazones tibios de los hombres?

   Y aunque muchos son tan ciegos e ingratos que desprecian estas finezas del amor de Jesucristo, no por esto deja de cumplir sus designios adorables: y desde que se dignó descubrirnos los tesoros de su divino Corazón, comenzó a prender por todas partes el fuego de su amor, y a extenderse su culto público con una rapidez igual a la de la propagación del Evangelio. En todas las capitales del orbe católico se le han consagrado suntuosos templos, en todos los templos tiene ya sus altares y tronos de amor, y a todos sus altares atrae numerosos y fervientes adoradores. Sólo el Apostolado de la Oración Ha reunido en el espacio de cincuenta años, más de cincuenta mil piadosas asociaciones, y la frecuencia de sacramentos en el primer viernes de cada mes, las magníficas solemnidades y procesiones con que es honrado en toda la cristiandad el deífico Corazón de Jesús, y las maravillosas conversiones y reforma de costumbres que causa su universal devoción, espantan y desconciertan a los impíos, y manifiestan los admirables triunfos del Conquistador divino de los corazones. El Corazón divino de Jesús, como dice nuestro actual Pontífice León XIII, es la vida del espíritu católico, y ha de ser la salvación de la sociedad.

Reflexión: Más también han de ser, oh cristiano, la vida y eterna salud de tu alma. Por ventura padeces hartos trabajos en este mundo, y tal vez por tus muchos pecados no esperas cosa buena después de esta vida. Acógete pues al sagrado Corazón de Jesús, que dice: Venid a mí todos los que estáis trabajados y agobiados, que yo os aliviaré. Amale sobre todas las cosas y con todas tus fuerzas, y manifiéstale tu amor comulgando en este día de su festividad, y visitándole en la adorable Eucaristía, para desagraviarle de las ofensas que recibe de los impíos herejes y malos cristianos. Procura también hacerte digno de aquellas nueve promesas regaladísimas que el amabilísimo Salvador hizo a los fervorosos devotos de su Corazón adorable, entre las cuales una es que cuando muriesen acogería El sus almas en el seno de su infinita bondad.

   Oración: Rogámoste ¡Oh Dios omnipotente! que al gloriarnos en el santísimo Corazón de tu amado Hijo, y hacer memoria de los principales beneficios de su amor, nos alegremos juntamente en estos obsequios y en el fruto espiritual de nuestras almas. Por Jesucristo, nuestro Señor.



“FLOS SANCTORVM”

miércoles, 21 de junio de 2017

LA HORA SANTA: En la vida de Santa Gema Galgani – Segundo cuarto de hora


SEGUNDO CUARTO DE HORA
Jesús gime bajo las iniquidades humanas.

   Una larga hora de padecimientos ha transcurrido ya para Jesús entre las tinieblas de aquella noche y el abandono de todos aquellos a quienes tanto amó. La vivísima aprehensión de los atroces tormentos que le esperan, ha infundido terror y tristeza en su bendita alma. Siente ahora más vivamente que nunca el enorme peso que lleva consigo la misión de Salvador del mundo... Ya ve llegar el tiempo de su inmolación...; cielo, tierra e infierno están armados contra él... ¡Ahora debe sostener una gran batalla, cuyos terribles golpes tendrán por blanco a su adorable persona!... Y Jesús, ¿qué hace? Pálido, tembloroso, se vuelve al Padre celestial, y exclama humildemente: Padre mío si es posible, no me hagas beber este cáliz. ¿Qué respuesta recibe la humilde plegarla del Hijo de Dios?

   El cielo está cerrado: ¡para Jesús no hay respuesta! Él quiso sufrir esta pena para obtenernos la perseverancia y constante paciencia en la oración, aun cuando el cielo parezca cerrado y sordo a nuestras súplicas. ¡Ah!, mi buen Jesús, no hay una sola pena que Vos no hayáis sufrido para nuestro ejemplo y consuelo. Sigue, pues, alma piadosa, a tu Jesús, que, movido de su inefable amor, se interna aún más en el camino del dolor. La multitud horrenda de todos los delitos de los hijos de Adán se presenta a la mente del Salvador y le traspasa el corazón. Él sabe que debe tomar sobre sí aquel fardo abominable y comparecer ante los purísimos ojos del Padre cubierto del lodo del pecado... ¡Es imposible que la mente humana pueda comprender ni aun imaginar qué horrible tortura fué ésta para el alma inocentísima de Jesús! Ya por boca de un profeta se había quejado tristemente diciendo: Sobre mis espaldas descargaron rudos golpes los pecadores. (Salmo CXXVIII, 3).

   ¡Oh, y cómo queda oprimido el amante Salvador bajo el peso de tantas culpas!
   Pero el divino Cordero, que va a inmolarse a la divina Justicia ofendida por los hombres, después de haber pagado la deuda de las iniquidades humanas Sacrificando su preciosa vida en el patíbulo de la cruz, ¿podrá, al menos, esperar que sus redimidos, agradecidos a tantos beneficios, den un adiós eterno al pecado, y sean siempre fíeles a Aquél que con tantos tormentos los salvó de la muerte eterna? ¡Ah, dulce Jesús mío, ojalá correspondiesen con tal fidelidad!...

   Mas, ¡ah!, un cuadro, aún más horrible que el precedente, se le presenta delante. Él ve que después de haber redimido con tantos dolores al humano linaje, y haber lavado la tierra con su preciosa sangre; después de haber infundido en sus fieles el divino Espíritu y haber hecho de la tierra un paraíso con la posesión de la adorable Eucaristía..., después de tantos excesos de caridad, ¡reinará todavía el pecado en el mundo!

   Ve su ley santa pisoteada, su Iglesia y sus ministros perseguidos, sus gracias despreciadas, su divino amor escarnecido... ¡Ay!, Jesús llora, diciendo con el salmista: ¿Qué utilidad acarreará mi muerte? ¿Para qué derramar toda mi sangre? ¿Para qué morir entre las ignominias del patíbulo, si el hombre, ingrato a tantos beneficios, se entrega voluntariamente en brazos del demonio a la eterna condenación? ¿Cuándo acabará el reinado del pecado en el mundo?...El buen Jesús contempla todos los siglos venideros, y en todos los siglos y en todos los años ve la sombra funesta del pecado: pecados cada día, pecados cada momento... Y el peso de todos estos pecados le oprime más y más, y le hace repetir: Sobre mis espaldas descargaron rudos golpes los pecadores; por largo tiempo me hicieron sentir su injusticia y tiranía.

   Alma mía, ¿querrás tú ser del número de aquellos que, prolongando la cadena de sus maldades y dilatando de día en día su conversión, arrancan del corazón agonizante de Jesús aquel lamento tan lleno de justo dolor? ¡Oh! ¡Cuán horrendo es el pecado después que un Dios ha derramado toda su sangre para borrarlo y destruirlo! ¡Oh, cuán execrable es el pecado en las almas ya purificados con la sangre divina, en las almas que se han unido por medio de la comunión al corazón amante de Jesús! ¡Oh, afligidísimo Salvador, con cuánta razón os quejáis y lloráis!

   Pero si Jesús con tanta razón se lamenta de los pecados de sus redimidos en general, ¿qué no sufrirá al prever las culpas de sus amigos queridos, es decir, de las almas piadosas, de las almas que le están consagradas? Alma querida, exclama Jesús, tú que has gozado de mi paz, de la íntima familiaridad de mi corazón, que has vivido en mi casa, que has comido mi pan y te has nutrido de mí mesa, ¿por qué me traspasas el alma con el pecado? Pueblo predilecto de mi corazón, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he contristado? Yo apagué tu sed con las celestiales aguas de mi gracia, ¡y tú me ofreces hiel y vinagre!... Yo te harté con el maná precioso de mi carne, ¡Y tú me has torturado con bofetadas y azotes!... Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he contristado? Yo te preparé un lugar en el cielo, ¡y tú me preparas el patíbulo de la cruz!... Alma querida, viña predilecta de mi corazón, ¿qué más podía hacer por ti que no lo hiciera? ¿Qué es lo que debía hacer y no haya, hecho por mi viña? Y por tanto amor, ¡tú sólo me ofreces torturas y espinas! (Pausa)

AFECTOS.

martes, 20 de junio de 2017

LA HORA SANTA: En la vida de Santa Gema Galgani – Origen de esta devoción y primer cuarto de hora




ORIGEN DE ESTA DEVOCIÓN.

   Los fundamentos históricos de la Hora Santa podemos encontrarlos en estas palabras de Jesucristo a sus discípulos predilectos Santiago y Juan: Aguardad aquí y velad conmigo en oración… ¿Es posible que no hayáis podido velar  una hora en mi compañía? “Velad y orad para no caer en la tentación, pues si bien el espíritu esta pronto, la carne es flaca”.

   Desea Jesús le acompañen en la oración del Huerto sus discípulos, y siempre se han esforzado por hacerlo los fervorosos.

   En estos últimos siglos ha pedido el Corazón de Jesús el obsequio de esta compañía a su fidelísima confidente Santa Margarita de Alacoque. Hija mía—le dijo en cierta ocasión—, quiero que veléis durante una hora, todas las noches del jueves al viernes, y postradas en devota oración, me acompañéis en la agonía de Getsemaní,  compadecerme en la amargura que experimenté por el abandono de los apóstoles —representan éstos a los cristianos— y para implorar misericordia por los pecadores.

   Santa Margarita de Alacoque se desveló lo indecible por atender la tierna súplica de Jesucristo, obteniendo muy pronto la acompañasen en esa Hora Santa las religiosas de su monasterio.

   Posteriormente se ha extendido tan saludable práctica por lodos los países y entre toda suerte de personas piadosas, constituyendo en nuestros días uno de los ejercidos en honor de la Pasión muy difundidos y estimados.

   Puede hacerse la hora Santa en público o en privado, de las once a las doce de la noche. o a otra hora más oportuna de la tarde del jueves, meditando cualquier misterio de la Pasión, preferentemente la oración y agonía del Huerto de los Olivos.

   Son numerosas las aprobaciones y recomendaciones de tan santo ejercicio hechas por la Santa Sede, teniendo concedida una indulgencia plenaria si a la Hora Santa se añade la confesión, comunión y cualquiera otra oración por las intenciones del Papa, y aun faltando dichas condiciones, diez años de indulgencia, haciéndola con el corazón contrito en público o en privado (21 de mareo de 1938).

   En la Vida de Santa Gema se nos habla extensamente del singular aprecio en que tenía la virgen la Hora Santa, de la puntualidad y fervor con que la practicó hasta la última semana de su vida y de los singulares favores, en particular la participación de las llagas de la crucifixión, que le concedía el Señor desde el punto que la comenzaba.

   Se guiaba la Santa en este ejercicio por el opúsculo que ofrecemos a continuación, y que formaba parte del Manual de ejercicios y oración usado en el Instituto de Santa Zita, donde Gema se educara, y compuesto por la venerable fundadora de dicho Instituto, Sor Elena Guerra.

   Por tratarse de un texto muy sólido, tierno y sencillo, y por haberlo tenido en muy alto aprecio alma tan dirigida por el Espíritu Santo como Santa Gema, ha logrado esta Hora Santa enorme difusión en todo el orbe católico.

   Ofrecemos con todo afecto esta nueva edición a los devotos de la Pasión, exhortándoles a practicar este ejercicio con la puntualidad y fervor con que lo hacia Santa Gema, para cosechar en él parecidos frutos de virtudes cristianas.



INTRODUCCIÓN

   Colócate, alma piadosa, en la presencia de tu amantísimo Salvador, y considéralo en aquella noche en la cual, después de instituida la sagrada Eucaristía para hacerse tu alimento, sale con sus apóstoles del Cenáculo para dirigirse al Huerto de los Olivos y comenzar aquella dolorosísima Pasión, con la cual debía salvar al mundo.

   Mortal tristeza nubla la frente del afligido Jesús, y se trasluce en cada una de sus palabras. Palidez de muerte obscurece aquel rostro sobre el cual resplandecía la gracia del Edén. Entretanto, el atribulado Salvador fija sobre ti sus miradas, como si quisiera decirte: “Alma querida, que me costaste tantos sudores, detente conmigo, al menos durante una hora, y considera si hay dolor semejante a mi dolor... Y considera también que en la noche de mi agonía busqué, en vano, quien me consolase”.

   Adorable Jesús, ¿podrá jamás existir criatura tan ingrata y dura de corazón que rehúse pasar una hora en vuestra compañía, recordando aquellos misterios de sumo dolor y amor que se consumaron en la obscuridad de la noche de vuestra Pasión, en el sagrado Huerto de Getsemaní?... Buen Jesús, heme aquí cerca de Vos: dignaos darme a conocer la atrocidad de vuestros tormentos y el exceso de amor que os llevó a ofreceros por víctima de mis pecados y de los de todos los hombres.

   (Si la llora Santa se hace entro varias personas, se puede alternar en cada cuarto de hora un cántico piadoso, por ejemplo, la siguiente estrofa, que aparece en el original italiano o cualquiera de nuestros cantos populares):

¡Oh, redimidos al precio
de una víctima sin par,
al Huerto de los Olivos
venid a sentir y amar!

Aquí, donde por salvarnos,
lleno de angustia y dolor,
a ríos su sangre vierte
el divino Redentor.

Con El siquiera un momento
estemos en oración,
suplicando, dando gracias,
compartiendo su aflicción.

PRIMER CUARTO DE HORA.

La tristeza de Jesús.

lunes, 19 de junio de 2017

LA INFIDELIDAD CONYUGAL




Que pueden cometerse punibles excesos y abusos de espantosa trascendencia dentro del estado nupcial, es cosa que no puede ocultarse, y que con ingeniosa frase significó San Bernardino de Sena diciendo que muy bien puede el hombre embriagarse con el vino de su propia cuba; más acerca de estos desórdenes preciso es tender un velo, y deplorarlos sin sacarlos a luz. En cuanto a los casados que buscan la fruta del huerto ajeno, teniendo su propio huerto, es un horror lo que pasa con ellos. Ni reparan en la salud, ni en la de su consorte, que vician con males importados al lecho doméstico, ni en la pública decencia y decoro, ni en su buen nombre, que en su vida, ni en su alma, ni en su hacienda; con todo atropellan como rabiosas fieras, sin atender a las divinas leyes ni a las humanas.

   Teniendo sus esposas como ángeles, se adhieren al estiércol como decía llorando Jeremías (Jer. IV, 5). Y el Sábio dice, que la mujer mala es como el estiércol en el camino (Eccles. XI, 10), que todos lo pisan, y los cerdos lo buscan para deliciarse con él. El adultero más quiere el estiércol  de la mujer ajena, que la hermosura de la propia.

   Veamos ahora la malicia del adulterio. Job dice que es un mal, y la iniquidad máxima (Job. XXXI, 9), y debe considerarse cuál será su gravedad para merecer un superlativo de tan grande ponderación (Máxima iniquidad). A la casa rica de Faraón la llenó Dios de plagas máximas, como lo dice el sagrado Texto (Gen. XII, 17), por la mujer de Abrahán que tenía usurpada. El profeta Jeremías llegó a decir que la tierra lloró a la faz de la maldición, por estar llena de adúlteros (Jerem. XVII, 10); Oseas, que el camino de éstos será cercado de espinas (Ose. II, 6); Ezequiel, que viven en casas ruinosas y a cada paso temen su perdición.


   De las mujeres que se hacen reas del mismo delito dice cosas terribles la divina Escritura; que son la total perdición de sus infelices casas, la confusión de sus maridos, la ruina de sus hijos, el escándalo de su familia, malditas de Dios y de los pueblos, y que son como las bestias, y aún peores y más abominables. Añádase, como consecuencia, los celos rabiosos que convierten la casa en un abismo del infierno, donde no se oyen sino injurias y execraciones, y los divorcios que asolan las familias, y son causa de gravísimos males.


“LA LUJURIA Y SUS REMEDIO” Por el Padre. Fray Arbiol.

POR QUÉ DIOS QUIERE SER AMADO.




   Al doctor de la ley que preguntó a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el mayor de los mandamientos?”, le dió una respuesta que no podía menos de darla, y que era una revelación para aquellos judíos obcecados, y a nosotros nos parece tan natural y fácil: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu espíritu, con todas tus fuerzas”.

   Hemos sido creados para amar; como nuestro entendimiento no puede estar sin pensar, así nuestro corazón no puede vivir sin amar, y este amor lo hemos de poner en Dios. Saliendo de Dios, volvemos a él, porque nos ha hecho para Sí. Dios mismo quiere ser nuestro Bien supremo, desea comunicarse y unirse a nosotros con unión eterna. Él es, pues, a la vez nuestro principio y nuestro fin. Pero nosotros debemos volver a El de buen grado, unirnos libremente con El, y esta conversión a Dios, esta unión con Dios no es otra cosa que el amor. Ya en esta vida el amor mutuo une el alma con Dios, abajándose Dios hasta morar en ella, y elevándose ella (el alma)  hasta transformarse en Dios; y en la otra vida por el amor y en el amor nos daremos a Dios y Dios se dará a nosotros. El amor realiza, pues, lo que es el fin de la Creación.

   ¿Hay algo más legítimo, más acertado, más justo que amar a Dios? El amor es la tendencia libre hacia lo que es bello, lo que es bueno; y Dios es la hermosura infinita, la Bondad suprema; como tal, debe ser amado antes que toda otra cosa, tiene derecho más que nadie, derecho infinito a nuestro amor. Amar, pues, a Dios es el primero de nuestros deberes. Cumplido bien este deber contiene todos los demás, porque amar a Dios es no sólo complacerse en Dios y querer el bien de Dios, o procurar su gloria, es también y por eso mismo, querer lo que quiere; y Dios quiere todo lo que es conforme, justo y bueno; luego amando a Dios, se ama y practica por eso todo lo justo, bueno y acertado.

   Pertenece, pues, al orden amar a Dios, y Dios que quiere el orden con amor infinito, no puede menos de querer ser amado. Además, Dios es todo amor: Deus charitas est; pero el amor reclama al amor. En fin, el amor quiere el bien del ser amado; y no podemos ser felices sino amando a Dios. Por todos estos motivos, quiere Dios que lo amemos.

   Desde el principio del mundo, vemos a Dios procurando ganar el corazón del hombre. Su trato con nuestro primer padre, sus beneficios ¿no tenían por objeto granjearse el afecto de las criaturas? Más tarde hizo del amor un precepto formal: “Escucha, oh Israel, dice el Deuteronomio (VI, 45); el Señor tu Dios es el Dios único; lo amarás con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”. Y sin embargo, por muchos siglos, fué Dios poco amado. Existieron, sin duda, almas amantes, la vida de los santos de la ley antigua, los ímpetus afectuosos de los Salmos, los santos ardores, el celo vehemente de los profetas, son prueba de ello; pero la mayor parte de los mismos que observaron la ley respetaban a Dios y lo temían más que lo amaban; vivían del temor de Dios más que del amor de Dios: feliz el hombre que teme a Dios. Obraban honestamente, procurando evitar los pecados que atraen los castigos de Dios, pero se atenían a las virtudes comunes: se guardaban del orgullo, sin llevar muy adelante la humildad; respetaban el bien ajeno, pero sin el despego de los bienes de este mundo; tenían paciencia, pero sin el amor de la Cruz; guardaban las leyes del matrimonio, pero sin pensar en la Virginidad. El respeto de Dios, el temor de Dios no producían más; el amor, en cambio, es mucho más fecundo.

   Dios amó demasiado a los hombres para contentarse con esta mediocridad; ama mucho a sus hijos para no desearles el amor generoso que es el principio de las virtudes perfectas. Cortas virtudes no pueden ganar sino pequeños méritos y Dios quiere dar a sus hijos eternamente riquezas muy superiores a las que podrían obtener esas virtudes mediocres.

   Dios pues en su inmenso amor a los hombres les envió a su Hijo único: Se lo entregó para que el Verbo hecho carne, con su benignidad, su sacrificio, sus padecimientos conquistara los corazones e hiciera germinar en esta tierra yerma ricas mieses de amor: Vine a poner fuego en la tierra y deseo mucho que se encienda. Sí, lo desea el dulce Salvador: los deseos provienen del amor y cuanto más se ama más se apetece. Siendo el amor de Jesús de un poder extraordinario produce deseos de una vehemencia extraordinaria. Jamás hubo alma tan apasionada y consumida por el amor que haya deseado ser amada como Jesús lo ansia. Estos deseos son purísimos y santísimos y de una intensidad inconcebible, Diríase que con los siglos esta sed de amor en el Corazón de Jesús va aumentando a medida que aumenta el número de los hijos de los hombres objeto de su amor. ¿No dijo el Salvador a Santa Margarita María que su Corazón no podía ya contener en sí mismo las llamas de su ardiente caridad? Y a otra religiosa de la Visitación a la cual sanó milagrosamente, hace pocos años, ¿no manifestó parecidos deseos? “¡Sobre todo, ámame; estoy tan necesitado de amor y encuentro muy poco aun en los corazones que se me han consagrado!” ¡Qué gozó pues, para Jesús cuando da con un corazón que le ama con amor verdadero; como le prodiga sus gracias; cuan afectuoso se le muestra! Recordemos sus delicadezas y ternuras con Santa Gertrudis, Santa Teresa y otras muchas almas; los corazones poco amantes se asombran; les cuesta creer en tales efusiones de parte de Dios; pero a los que tienen un gran amor ni les sorprenden ni les extraña, más bien atienden a recibir de su amado estas divinas ternuras.

“EL IDEAL DEL ALMA FERVIERNTE”


Augusto Saudreau – Canónigo Honorario de Angers.

viernes, 16 de junio de 2017

Ya hay bastante con comulgar en las grandes fiestas, a lo más una vez al mes – Por Monseñor de Segur.




   Y ya es mucho, cuando se hace sin amor, y se considera como un penoso deber. Muy bueno sin duda es comulgar todos los meses; pero mucho se engañaría quien creyera satisfacer con esto los deseos de la iglesia nuestra Madre, y portarse como verdaderamente piadoso. No es de este sentir el gran San Francisco de Sales: muy al contrario, dice terminantemente que todo buen cristiano, por poco que sea el cuidado que tenga de su alma, no puede dejar pasar más de un mes entre Comunión y Comunión. El catecismo romano, parece señalar idéntica regla, pues al aconsejar la Comunión de cada día o de cada semana o de todos los meses, es de suponer que no se puede tardar más tiempo.

   Esta Comunión mensual, instituida en muchas cofradías, catecismos, casas piadosas, lo mismo que la semanal ordenada en loa seminarios y comunidades, representa el mínimum nunca el máximum: es necesario seguir aquellas reglas conforme al espíritu que las dictó, espíritu de piedad católica, que, deseando vivamente en unión con la santa Iglesia que se acercasen los fieles a recibir lo más frecuentemente posible la Comunión, ha procurado fijar un límite extremo para las almas menos fervorosas.

   Debe interpretarse también el sentido de esos laudables reglamentos y usos por la gran regla que domina a todas las otras, quiero decir, la enseñanza tradicional de la Iglesia y de la Sede apostólica. Hemos dado a conocer además aquella sagrada máxima que el Papa Benedicto XIV resumía en estas palabras: “No hay nadie a quien no puede aconsejársele que comulgue todos los meses, y muy pocas son las almas a quienes deba negarse el que lo hagan cada semana:” y San Antonino, arzobispo de Florencia, había manifestado muy particularmente la misma opinión al escribir lo siguiente: “Exhorto a todos los fieles; cuya conciencia no esté manchada con el pecado mortal, a que comulguen todos los domingos”
   Parece mucho menos explícito San Francisco de Sales en la “Introducción”, al recomendar a todos los cristianos la Comunión de ocho en ocho días, que la mayor parte de los otros santos con relación a la Comunión diaria; pero también se ha exagerado mucho la extensión de sus palabras, San Francisco de Sales limítase, y con sobrada razón, a manifestar que no puede aconsejarse indistintamente a todos los fieles que comulguen diariamente, por la sencilla razón de que, debiendo ser sumamente excelente la disposición qne se requiere para tan frecuente Comunión, no es prudente ni bueno el aconsejarla generalmente. Y como por otra parte esta disposición aunque muy excelente, puede encontrarse en muchas buenas almas, tampoco es prudente distraerlas o disuadirlas generalmente; de esto resulta que se debe tratar a cada uno en particular conforme lo pida su estado interior. Seria, pues, una gran imprudencia el aconsejar indistintamente a todos este uso tan frecuente; pero lo sería mucho mayor el vituperar ha alguno por ella, especialmente cuando se ajustase a las prescripciones de algún digno director.

   Como regla práctica, nada hay más luminoso, ni tan sencillo a la vez como lo que sobre la sagrada Comunión dice santo Tomás. Después de haber expuesto la doctrina católica sobre la  Comunión diaria, apoyándose en la autoridad  de los santos Padres, y muy particularmente en aquella célebre máxima de San Agustín que dice: “Este es el pan de cada día: recibidlo, pues, cada día, para que cada día os haga el provecho apetecido; pero es de todo punto indispensable que vuestra vida esté de tal modo arreglada que lo podáis recibir dignamente todos los días” sienta el angélico Doctor aquel sabio principio de que: “Cuando una persona sabe por su  propia experiencia que aumenta en su corazon el | amor a Dios por medio de la Comunión diaria, y que no se resiente en lo más mínimo su respeto hacia tan divino Sacramento, debe comulgar todos los días”

   Así, pues, si te encuentras en esta disposición, comulga todos los días; pero te dejo en completa liberta por si lo quieres hacer solo de ocho en ocho días, porque esta es la Comunión ordinaria de los buenos cristianos, advirtiéndote  de paso que esta no es la frecuente Comunión,  tal como la enseña formalmente San Alfonso María de Ligorio, pues solo entiende por frecuente Comunion la que se recibe varias veces a la semana. “¿Puede decirse (pregunta el santo Obispo, cuyas prácticas de moral han sido jurídicamente examinadas y sancionadas por la Santa Sede) que asiste a menudo a oír misa aquel que se limita a oírla solamente los domingos y fiestas de guardar? Evidentemente que no. Pues esto mismo puede decirse con relación al que comulga de ocho en ocho días,”

   En último caso, pues, no te acostumbres, como dice San Juan Crisóstomo, a medir la Comunion por la ley del tiempo; la pureza de tu conciencia te marcará cuando debes acercarte a ella” Y añade San Ambrosio: “Aquel que no se encuentra en disposición de comulgar todos los días, menos encontrará para hacerlo una vez al año.”


“LA SAGRADA COMUNIÓN”


miércoles, 14 de junio de 2017

EN DEFENSA DE LA MISA TRADICIONAL – Tercera parte final.




DOCTRINA CATOLICA SOBRE EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA

   La verdadera Misa católica, según nos enseña la Iglesia desde siempre, esa Misa que fue codificada (esto es, redactada en forma definitiva, puesto que la Misa se remonta a los tiempos de Nuestro Señor Jesucristo) por el Papa San Pío V luego de! Concilio de Trento (desde 1545 hasta 1563) es un Sacrificio que verdaderamente es ofrecido por el sacerdote que la celebra, por la virtud misma de su sacerdocio, "in persona Christi”: es decir, en lugar de Cristo que es a la vez el Sacerdote y la Víctima; esto significa que la Misa es la renovación del Sacrificio de la Cruz, pero hecho ahora en los altares.

   La Misa, en efecto, es el mismo Sacrificio de la Cruz, con la diferencia de que no es sangriento. Este Sacrificio tiene cuatro finalidades: para alabar a Dios, para presentarle nuestros ruegos (se llama fin impetratorio), para darle gracias por sus dones y favores (es el fin eucarístico) y para que sea indulgente con nosotros (fin propiciatorio).

   En la Misa, la victima (la Hostia) que se le ofrece a Dios Padre es el mismo Dios Hijo, Jesucristo, real y verdaderamente presente en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, bajo las apariencias de pan y de vino. La consagración es el cambio de las sustancias de pan y vino por el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo: este es el milagro que citábamos antes, llamado transubstanciación, y puede realizarlo únicamente un sacerdote, por haber recibido el sacramento del Orden Sagrado. Con esto entendemos que los fieles presentes en la Misa no pueden consagrar. Pues bien, según el rito de la nueva misa, el mismo misal dice que el sacerdote consagra en nombre de los fieles, como presidente de la asamblea. Esto significa que, si el sacerdote le hace caso al misal, no consagra, porque es un presidente de asamblea y no un sacerdote. Y, si consagra el pan y el vino como sacerdote y no como presidente de la asamblea, está desobedeciendo a su propio misal y se opone a lo que dice la misa nueva. En el primero de los casos, la “misa” sería Inválida; en el segundo, ilícita. Pero en ningún caso sería la Misa católica.

LA BULA “QUO PRIMUM TEMPORE” DE SAN PÍO V

martes, 13 de junio de 2017

San Antonio de Padua, confesor. — 13 de junio (+ 1231)




   El maravilloso predicador de Cristo, san Antonio de Padua, nació en Lisboa, cabeza del reino de Portugal, y fué hijo de muy nobles y virtuosos padres.

   Bebió con la leche de su madre la devoción a la Virgen santísima; y a la edad de quince años tomó el hábito en el monasterio de canónigos reglares de san Agustín, donde hizo su profesión: más once años después, pasó con la venia de sus superiores a la religión seráfica, llevado del deseo de convertir a los moros y derramar su sangre por Jesucristo. Pero el Señor que le destinaba a otro apostolado, le envió en África una grave enfermedad; y para cobrar salud se embarcó con rumbo a España, más por vientos contrarios fué llevada la nave a Italia.

   Mandóle su seráfico padre san Francisco, que leyese teología en las ciudades de Montpellier en Francia, y de Bolonia y Padua en Italia, y le encomendó después el oficio de predicar. Eran sus palabras como unas llamas de fuego que abrasaban los corazones, y como Dios las confirmaba con grandes prodigios, fueron innumerables los herejes y pecadores que convirtió así en Francia como en Italia.

   Una vez, disputando con un hereje llamado Bonibillo que negaba la presencia de Cristo en la Eucaristía, hizo que la mula del hereje, a pesar de haber estado tres días sin comer, dejase la cebada que le ponían delante, para arrodillarse delante del santísimo Sacramento; con este milagro se convirtió aquel principal maestro de los herejes.

   Otra vez estando en la ciudad de Armiño, para confundir a los herejes que no querían oírle, se llegó a la ribera del mar, a predicar a los peces, a los cuales, asomando del agua les echó su bendición.

   Convidáronle un día unos herejes a comer y le pusieron ponzoña en el plato; y el santo les afeó aquella maldad, pero haciendo la señal de la cruz sobre el manjar, comióle sin recibir del veneno lesión alguna. Aconteció muchas veces que predicando en una lengua le entendían los oyentes de diferentes naciones y lenguas, como si predicara en la de cada uno, y aún fue oído dos millas lejos de donde predicaba. Era tanta la genta que acudía a sus sermones, que no cabiendo  en los templos se salían a los campos.

   Acechó una noche al santo el huésped que le había recibido en su casa, y vió en su aposento una gran claridad, y el Niño Dios hermosísimo y sobremanera gracioso encima de un libro, y después en los brazos de san Antonio, y que el santo se regalaba con él sin apartar los ojos de su divino rostro.

   Finalmente a los diez años de sus apostólicos ministerios, acabó su vida llena di virtudes, y en la ciudad de Padua entregó su alma bienaventurada al Señor.

   Reflexión: Entre los milagros con que Dios ilustró a este santo gloriosísimo, es muy digno de mención el que aconteció treinta y dos años después de su muerte, en la traslación de su sagrado cuerpo. Porque se halló entre los huesos de la boca la lengua tan entera y fresca como si estuviera viva: y tomándola en las manos San Buenaventura, que era a la sazón Ministro general de la orden de San Francisco, bañado en lágrimas exclamó: “¡Oh lengua bendita! que siempre alabaste a Dios, y fuiste causa de que tantos le alabasen: bien se ve ahora de cuánto merecimiento eres delante del Criador, que para tan alto oficio te había formado” Empleemos también la nuestra en alabar al Señor; ya que es éste el mejor uso que podemos hacer de ella.

   Oración: Haz, Señor Dios mío, que la solemne festividad de tu confesor Antonio regocije toda la Iglesia, para que fortificada con los socorros espirituales, merezca disfrutar los gozos eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor Amén.



“FLOR DE LOS SANTOS – Año 1949”


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